Un germà, que vol restar en l’anonimat, m’ha passat aquest text autobiogràfic sobre els “abusos sexuales a menores” que ell mateix va patir:

Me falta un año del sexenio que va de 1960 hasta 1965, y es que en alguna mudanza perdí mi libro de estudios y he tenido que recomponer mis primeros años de enseñanza secundaria tomando como referencia el año 65 cuando pasé seis meses en Alemania, por lo que es un hito de mi memoria remota.

Si fue en el 62 o en el 63 no tiene importancia. Yo tendría entre 11 y 12 años. Dos años antes había cursado Ingreso de Bachillerato en el colegio Jesús, María y José de la Congregación de los Hijos de la Sagrada Familia, también llamada Padre Manyanet. El curso siguiente, Primero de Bachillerato lo hice en el Instituto Juan de Austria, probablemente porque no estaba a media hora caminando de mi hogar, como el centro religioso, o porque convenía ahorrar en el recibo del colegio (el instituto era de enseñanza pública, por el contrario el colegio no, y no era barato). Para cursar Segundo de Bachillerato volví al colegio de curas por decisión de mi madre.

Recuerdo rostros, hechos, frases… Impartían las materias diferentes profesores. Recuerdo especialmente las clases de francés, materia que daba por las tardes un seglar, y gramática que la daba el padre Carlos quien además era Jefe de Estudios. Tengo muy presente el color gris del edificio, el frío de sus estancias, la limpieza aséptica y el olor que flotaba a gente menuda y a cera eclesial. Las clases eran rectangulares, con pupitres de madera para dos alumnos; el encerado al fondo, presidido por el Crucifijo, la foto de Franco y la de José Antonio y bajo esa omnipresente iconografía la mesa del profesor; por la derecha la puerta de entrada y en la paredes de la izquierda tres ventanales uno pegado a cada ángulo y otro en medio de la clase. Esos ventanales se abrían a falsos balcones, pues por fuera apenas daban espacio para salir y ofrecían un pretil de columnas de escasa altura. Su estructura, más de adorno que de alivio al encierro de las clases no ofrecía seguridad, no se nos permitía abrir y mucho menos salir. Tenían dichos ventanales de doble hoja la particularidad de que los situados en los extremos comunicaban por fuera con las clases contiguas.

Había tres tipos de alumnos: internos, mediopensionistas y externos. Yo era externo lo que suponía dos horas de caminata al día. Al llegar nos encontrábamos con los internos en clase y cuando nos íbamos los dejábamos en el patio.

Abusos sexuales a menores

Recuerdo que un día alguien me dijo que me fijara en las manos del padre Carlos. Ahora supongo que ese alguien se dio cuenta antes que yo mismo del interés que despertaba en el titular de Gramatica Española. Ese tonsurado era un hombre en la cuarentena, de sotana justo por encima de los pies, que calzaba con sandalias y calcetines. Grande y fuerte, barriga levemente prominente, moreno, de barba cerrada que le oscurecía las facciones a medida que avanzaba el día. Supongo que en sus clases haríamos dictados, también recitaríamos las diferentes figuras gramaticales: preposiciones propias, artículos determinados, indeterminados, adverbios; conjugaríamos verbos,… mientras él deambulaba por los pasillos entre las filas de pupitres, observándonos. Desperté su interés. Yo era alto para mi edad y, según dicen, guapo.

Me llamaba a capítulo y tenía que acudir a la mesa del profesor, algo más apartada de los pupitres, allí me hablaba en voz baja, con tono insinuante, y eso me atemorizaba. No tardó mucho en hacerme observar que siempre empezaba mis respuestas con una negación: «No, esto…, no, lo otro…». Sentía rechazo sin saber cuál era exactamente la amenaza. Luego empezaron los roces. Me sentaba en el lado izquierdo del pupitre, con esa mano solía cogerme al borde del tablero absorto en el trabajo, entonces el padre Carlos se daba una vuelta vigilando al alumnado y acababa a mi lado para pegar el pubis contra el canto de mi tablero aprisionándome la mano entre la madera y su cuerpo.

En este punto he de decir que mi compañero de pupitre era un chiquillo que vivía en un antiguo edificio del barrio de La Sagrera perteneciente a la RENFE. Probablemente su padre trabajaba en la estación. Tenía un problema en uno de sus pies, cojeaba levemente y el zapato era más grueso que el otro. Era un chico enfermizo que faltaba a menudo a las clases. El cura se volvió más exigente, comenzó a sentarse en el lado que dejaba vacío mi compañero cuando no asistía a clase, con ese aire casual del profesor que ha puesto un ejercicio y se mezcla con los alumnos para vigilar la progresión de sus trabajos. Entonces cogía mi mano y se la llevaba a los genitales por encima de la ropa al amparo del tablero. Al escribir esto me pregunto si fue él quien me asignó asiento al lado del otro chico precisamente porque faltaba a menudo.

Abusos sexuales a menores

Llegado a esa situación se lo dije a mi madre con la vergüenza que daban a un niño tales cosas. Supongo que no fui convincente o resultaba arduo hacer creer a una mujer de derechas que un cura podía ser un pervertido, el caso es que vino a decirme algo así como «paparruchas». Era la España de Franco, la reserva espiritual de Occidente, la del NoDo, del enemigo bolchevique, donde no se editaban revistas guarras ni se filmaban películas de contenidos inmorales como en el resto de Europa y EE UU.

Una mañana el profesor que impartía clase a primera hora no se presentó. De repente apareció por la puerta el padre Carlos con una regla en la mano. Detrás de mí a mi izquierda oí un estrépito, me volví y vi a un chico que se levantaba de su asiento con el rostro demudado. El padre Carlos se abalanzó sobre él, lo persiguió por toda la clase. El chiquillo corría entre los pupitres lanzando alaridos de terror. El sonido hueco que se produce en las estancias grandes y poco amuebladas era tétrico. Volaban libros y lápices, los pupitres eran desplazados con estruendo. Uno corría en pos del otro ante los presentes, atónitos y sobrecogidos. Hasta que consiguió agarrarlo por la ropa y comenzó a darle una paliza con la regla como lo haría un poseso enloquecido. El rostro del padre Carlos era la viva máscara de un sádico, lo juro.

Hoy estoy seguro de que aquello fue también una advertencia para todos nosotros.

Abusos sexuales a menores

Aquel chico era interno. Procedía de Lérida, de una familia de agricultores si recuerdo bien. Los internos tienen todo en contra cuando un pederasta los acosa. Abusó de ese chiquillo con toda seguridad. El caso es que se fugó. Quienes dirigían el colegio Jesús, María y José tuvieron que echarlo de menos y avisar a la policía. Serían los uniformados quienes lo encontraron vagando de noche, por las calles solitarias y oscuras, muerto de miedo. Pero no lo protegieron del pederasta. Lérida está a 170 kilómetros de Barcelona. Lo devolvieron al colegio. Seguro que contó a los policías el motivo de su huida y, por la reacción del padre Carlos, quienes recibieron en el colegio al fugado (¿hermano portero?) no protegieron a la víctima a la vista del informe policial, sino que avisaron al verdugo. Qué miedo, qué terror, cuánto sufrimiento tuvo que pasar. Luego de aquello no volvimos a verlo.

Abusos sexuales a menores

Era abril. Carlos necesitaba otra presa. Supongo que me vio leyendo un tebeo a la hora del recreo. Después, en clase, inspeccionó nuestras carteras como si de un acto rutinario se tratase y se quedó mi tebeo. Sería un Hazañas Bélicas, un Capitán Trueno, un Jabato o un Cosaco Verde, quizás un Pulgarcito o un TBO. Cuando acabaron las clases a medio día, aportó una innovación a la forma de salir: lo hizo por lista pero se saltó mi apellido. Ya solos en la clase vino a reprocharme que leyera un tebeo en mi tiempo de asueto y que el castigo requería que me bajara los pantalones (sic). Ante mi pasividad tiró de mí acercándome a él… En ese preciso instante salieron al pasillo los chicos de la clase contigua con mucho ruido, risas y carreras, algo inaceptable para un «docente». Salió dejándome encerrado con llave. A pesar de la parálisis producida por el miedo, supe que tenía que hacer algo porque lo que se avecinaba sería horrible de vivir y de recordar. Así que me dirigí a la ventana del final de la clase y salí al falso balcón. Al mirar abajo sentí ese vacío en las piernas que te sube desde los talones. Miedo y vértigo (unos 10 metros de caída) pero más pavor me producía que Carlos me sorprendiera en el intento. Abrí el ventanal de la otra clase ya vacía, me introduje en ella y acto seguido accedí al pasillo. El pederasta estaba un poco más allá, cerca de la puerta de mi aula, en medio del pasillo, me daba la espalda vigilando a los que salían del aula del fondo, los brazos en jarras, soberbio, imponiendo su poder sobre la chiquillería. Me dirigí a la escalera mezclándome con los demás.

Desde ese día hasta que acabó el curso dos meses después viví atemorizado. Esperaba lo peor. Un día detrás de otro pensaba que me daría una paliza, o directamente abusaría de mí en cualquier rincón. Pero no hizo nada. Las clases, incluso las suyas, siguieron con normalidad. No volvió a intentarlo. Poco antes de los exámenes finales consideré la posibilidad de que quisiera vengarse suspendiéndome, pero tampoco sucedió tal cosa. Recuerdo que entonces los colegios religiosos podían examinar de bachillerato, no así las academias y colegios que no fueran institutos de enseñanza media. Recuerdo que el titular de Geografía me preguntó en el examen final cuál era el monte más alto de África, una sola pregunta para aprobar o quedar para septiembre, a lo que respondí el Kilimanjaro sin titubear porque recientemente había visto la película «Las nieves del Kilimanjaro». El de Historia nos puso un examen por escrito ¿Quién fue Almanzor? Por alguna razón se me había quedado en la memoria una frase de un cuaderno de caligrafía que hice alrededor de cinco años atrás: -En la batalla de Calatañazor Almanzor perdió el tambor-, así que escribí un preámbulo «Almanzor era un jefe moro que ganó muchas batallas a los cristianos etc,…» y acabé con la frase del cuaderno de caligrafía. Hice unos buenos exámenes pese al déficit de atención y estudio que tuve por razones obvias. Quisiera o no suspenderme, el padre Carlos no tuvo muchas opciones, porque me propusieron para una banda y salió mi foto en la orla de aquel año.

Abusos sexuales a menores

Intercalo aquí otra forma de dolor que me infligió ese degenerado. No sé qué mes fue el de misa diaria. Quizá, el Mes de Maria, o el Mes de Ceniza, no lo recuerdo. El caso es que en la iglesia del centro había varios confesionarios y curas de sobra para ocuparlos. Un día el padre Carlos me dijo que no comulgaba nunca. Es cierto, no lo hacía porque me sentía sucio, contaminado por él, no me atrevía a confesarme, requisito previo e imprescindible para tomar la Comunión. Así que cuando a él le tocaba confesionario yo comulgaba sin sacramento de la Confesión, como si hubiera ido a otro confesionario que no era el suyo. Sentía que había conculcado un precepto ineludible: estar limpio de pecado para recibir el cuerpo de Cristo. Y era un dolor añadido a los otros porque entonces creía en Cristo y respetaba la liturgia católica. El íntimo Acto de Contrición no me alivió nunca.

Por aquella época mi hermano estudiaba en la Universidad Laboral de Zamora. Tiempo después me contó que un clérigo del profesorado se dedicaba a meterse la mano de los niños en el bolsillo convenientemente agujereado para tal fin. Lo hacía los domingos cuando los niños salían a la ciudad acompañados por un preceptor para dar un paseo. Algunos de ellos acudieron a los alumnos más mayores, los preadolescentes, que fueron al despacho del director a denunciar tales hechos. Recibieron una bronca tremenda y aviso de expulsión, pero ya no se volvió a ver por allí al canalla. El pederasta de Zamora era hermano, todavía no lo habían consagrado.

PD.- Ninguno de los sacerdotes que aparecen en la foto es el padre Carlos.

 

Josep M. Reichardt
Josep M. Reichardt

Equip Editorial de Àgora Quàntica